19 feb. 2006

Propensión al olvido.

A cada paso que daba, resbalaba en un gusano pegajoso que le hacía trastabillar. Miraba atrás como si le persiguiera un animal. Jadeaba con la cadencia de alguien que estuvo demasiado tiempo en movimiento antes de llegar a un orgasmo. El aire entraba como el polvo a la aspiradora. La garganta, forrada en neopreno, veía pasar otro trago hirviendo.
En la esquina, se dió de cara contra una mujer. Se casó, tuvo hijos.
Un día, estaba sentado en el living y creyó recordar que hace tiempo sucedió algo que le angustió, pero no recuerda exactamente qué.

Soy otro

La negra, reboleaba el culo mientras circulaba entre las mesas. A medio bar de distancia, se acodó en la barra, prendió un cigarrillo y le dijo algo al mozo. La mirada hacia mi mesa, hizo que bajara nuevamente los ojos a la lectura. Pensé que no estaba bien que me fijara en la gente de esa manera. Era como espiar mientras se viste la vecina. "¡Dejá que cada quien piense lo que se le antoje! ¿Qué tenés que andar husmeando la intimidad ajena?", me decía. Miré la espiral del café en el vaso e inmediatamente, sin poder contenerme, levanté de nuevo la mirada. El mozo, acodado en el mostrador, miraba hacia otro lado. La barra estaba vacía. El bar cerró. Me mudé. Soy otro.